Cristina Franco Alsina equipara su familia con un barco. Hace cinco años, ese barco navegó por aguas profundas, agitadas… Pero no naufragó.
El papá de Cristina, Angel Franco Herrero, quien era el capitán de ese barco, falleció. Y así, Cristina, sus hermanos y su mamá, María Luisa, se quedaron a la deriva.
Sus hermanos mayores se encontraban afuera, estudiando en Monterrey. Ella acababa de concluir la preparatoria, en el Teresiano, y quería irse a estudiar un año a Estados Unidos.
Sin embargo, todo cambió. Cristina decidió quedarse con la tripulación: su mamá y su dos hermanos menores, y afrontar los nuevos retos que se le presentaban.
El papá de Cristina falleció en mayo; ella ya tenía todo listo para irse en junio. Giró el timón y se inscribió a Arquitectura, aquí, en la Universidad Marista de Mérida.
Hoy, un lustro después, Cristina se está graduando como la alumna con mejor promedio de su generación, con 95.45 puntos. Acepta que fue difícil, complicado, pero que pudo más su amor a la profesión.
«Me desvelé estudiando; en algunos talleres incluso lloré…», confiesa, pero con ese buen sabor de boca que deja el haber cumplido y alcanzado las metas. Contra viento y marea.
Y no sólo obtuvo el mejor promedio. Cristina igual se dio tiempo para trabajar —en el despacho del arquitecto Augusto Quijano Axle— y para… ¡casarse! Ella y Rodrigo Rosas Cantillo son esposos desde hace dos años.
Entre los planes de Cristina se encuentra estudiar una maestría —aún no se decide si sobre paisajismo o desarrollo urbano—, pero todavía no aumentar su familia; quiere trabajar.
Para ella, el centro de su profesión gravita en torno al cliente. «Si él está feliz», considera, «hice bien mi trabajo». El mejor halago que puede recibir un arquitecto es que quien habita su obra diga que se siente a gusto.
La búsqueda de la felicidad del cliente, sostiene Cristina, debe ir mucho más allá que cualquier otro aspecto.
«Por ejemplo», explica, «muchos, por intentar diseñar un entorno ‹limpio› olvidan instalar en las casas mosquiteros… ¡En Mérida!». En relación con la arquitectura de la ciudad, dice que ésta debe ser «calidad, amable».
Aunque optó por graduarse por promedio, Cristina y una compañera, Lorena Medina, realizaron una tesis. Ésta consiste en el proyecto para una estancia para familiares de personas que están hospitalizadas en centros de salud públicos, por ejemplo el O’Horán.
Logro compartido
Cristina comparte el logro de ser mejor promedio con Carlos Alberto Quintal Lugo, quien obtuvo 94.46. En la entrevista con Carlos, recordamos las palabras del rector, Miguel Baquedano Pérez, en su graduación:
«Arquitecto, no busques sólo la comodidad y la belleza; crea entornos justos y sustentables, donde se pueda vivir y convivir, nacer, crecer, estudiar… Donde se pueda Ser para servir.
«Lucha porque nuestras ciudades sean habitables y respetuosas del medio ambiente, nuestro primario y único hogar; construye una sociedad mejor. Esa, al fin de cuentas, es tu labor a partir de hoy, arquitecto marista».




