El 18 de abril de 1999, en la Plaza de San Pedro del Vaticano, el papa San Juan Pablo II canonizó a Marcelino Champagnat, reconociéndolo oficialmente como santo de la Iglesia universal. Con este acto, la Iglesia confirmó la vigencia evangélica de la vida y obra del fundador del Instituto de los Hermanos Maristas, cuya misión educativa sigue dando fruto en todo el mundo.
Durante la ceremonia de canonización, el Papa destacó a San Marcelino como un hombre de “corazón ardiente”, profundamente sensible a las necesidades espirituales y educativas de su tiempo, particularmente a la situación de abandono y a la ignorancia religiosa que vivía la juventud. Su vida fue un testimonio vivo de un Evangelio anunciado con obras, desde la cercanía, el amor y la educación integral.
San Marcelino Champagnat supo unir su vocación sacerdotal con un profundo sentido pastoral y educativo. Comprendió que evangelizar implicaba acompañar, formar y amar a los jóvenes para ayudarles a descubrir el sentido de su vida. Por ello, es modelo no solo para sacerdotes y religiosos, sino también para padres de familia, educadores y laicos comprometidos con la formación humana, moral y espiritual de las nuevas generaciones.
¿Por qué la Iglesia canoniza?
La Iglesia reconoce como santos a hombres y mujeres que, en contextos concretos de la historia, han vivido el Evangelio con fidelidad, creatividad y entrega generosa. Los santos no son personas perfectas ni ajenas a las dificultades humanas; son creyentes que, conscientes de sus límites, permitieron que el amor de Dios transformara sus vidas y las pusieran al servicio del Reino.
La canonización de San Marcelino Champagnat nos recuerda que la santidad es un camino posible, vivido en lo cotidiano, cuando una persona decide dedicar su vida a que algo esencial cambie en el mundo: la educación, la dignidad humana, la esperanza de los jóvenes y el anuncio del amor de Dios.
Un proceso de fe y discernimiento
La canonización de San Marcelino fue el resultado de un largo y riguroso proceso iniciado en el siglo XIX, que incluyó la recopilación de testimonios sobre su vida, sus escritos y la influencia espiritual de su obra, así como el estudio de milagros atribuidos a su intercesión.
Para su canonización se reconoció oficialmente la curación inexplicable del Hermano Heriberto Weber, ocurrida en Uruguay en 1976, tras la oración confiada al fundador. Finalmente, el 18 de abril de 1999, Marcelino Champagnat fue proclamado santo, confirmando para la Iglesia y el mundo su ejemplo de vida evangélica.
Un legado vivo para la familia marista
Para la Familia Marista, la canonización de San Marcelino es un don y una llamada permanente a renovar el compromiso con su carisma. Su espiritualidad, profundamente mariana y apostólica, armoniza la oración, la vida comunitaria y la misión educativa, colocando siempre a los niños y jóvenes en el centro.
San Marcelino invita hoy a educar con el corazón, a mirar la realidad con esperanza y a responder con valentía a los “Montagne” de nuestro tiempo: las situaciones de pobreza, injusticia, marginación y abandono que afectan especialmente a la niñez y la juventud.
San Marcelino hoy
A más de dos siglos de su nacimiento y a 27 años de su canonización, San Marcelino Champagnat sigue siendo un referente actual para nuestras comunidades educativas. Su vida nos impulsa a ser una universidad que eduque integralmente, que acompañe a las personas en su crecimiento humano y espiritual, y que forme agentes de transformación social inspirados por el Evangelio.
Celebrar la canonización de San Marcelino Champagnat es una invitación personal y para toda la comunidad universitaria. Marcelino creyó profundamente en los jóvenes, confió en su capacidad de soñar, de transformar la realidad y de construir un mundo más justo desde la educación, la fe y el compromiso con los demás.
En una actualidad marcada por preguntas, decisiones y búsquedas profundas, San Marcelino nos anima a no conformarse, a vivir con sentido, a cultivar un corazón sensible ante las injusticias y solidario con quienes más lo necesitan. Nos invita a descubrir que el conocimiento cobra su mayor valor cuando se pone al servicio de la vida, del bien común y de la esperanza.





