El H. Peter Carroll, Superior General de los Hermanos Maristas nos invita a celebrar la fiesta de San Marcelino, reflexionando sobre el significado del sacrificio en la vida y misión marista, inspirado en el testimonio de san Marcelino, y a renovar el compromiso con la construcción de comunidades vivas, solidarias y al servicio de los demás.
Recuerdo que el difunto hermano Seán Sammon compartió un encuentro que tuvo una vez con un joven, creo que en Australia. Tras hablar ante un grupo sobre la vida y misión de los Hermanos, un joven se le acercó y continuó la conversación. Una pregunta se le quedó grabada en la cabeza a Sean: “¿Por qué no hablas más sobre el sacrificio que hacen los Hermanos?”
Hay muchas razones por las que este tema puede que no se trate al dirigirse a los jóvenes. Pero lo que impactó a Sean no fue la pregunta en sí, sino el hecho de que viniera de un adolescente. A veces asumimos que los jóvenes desconocen los desafíos y sacrificios que exige la vida. Este breve encuentro reveló lo equivocada que puede ser esa suposición.
A medida que nos acercamos a la Fiesta de San Marcelino Champagnat, volvemos a ser cuestionados por la historia de un hombre cuya vida no estuvo marcada por el confort o la seguridad, sino por el sacrificio. Su legado como fundador de los Hermanos Maristas no se basa únicamente en su visión o sus logros, sino en los incontables sacrificios, algunos visibles, muchos ocultos, que dieron vida a esa visión.
Reorganización radical de vida
El sueño de Marcellin Champagnat, de dar a conocer y amar a Jesucristo entre los jóvenes, especialmente entre los pobres, no surgió en circunstancias ideales. Nació en una época marcada por el abandono espiritual y la agitación social. Su encuentro con los jóvenes, y de una forma especial su experiencia con Montagne, le reveló las trágicas consecuencias de la falta de educación y formación en la fe. A partir de ese momento, decidió actuar.
No obstante, esta visión exigía todo de él. No era algo que podía seguir cómodamente junto a su ministerio parroquial; requería una reorganización radical de su vida. Volcó su energía, tiempo y recursos limitados en formar una comunidad de Hermanos que llegara a los más desatendidos. Desde el principio, su misión se caracterizó por la renuncia: a la tranquilidad, a la ambición personal y a cualquier garantía de éxito.
Los primeros años de los Hermanos Maristas fueron frágiles e inciertos. Marcellin vivía pobremente, a menudo sin saber cómo la comunidad cubriría sus necesidades más básicas. No había muchos benefactores, ni estructuras establecidas, solo fe y determinación. No solo daba lo que tenía, sino a menudo lo que no tenía, yendo más allá de los límites físicos y emocionales.
Sus sacrificios fueron profundamente personales. Soportó el agotamiento, la enfermedad, dificultades económicas y momentos de profundo desánimo. La responsabilidad de transformar hermanos jóvenes, a menudo sin formación, en educadores pesaba mucho sobre él. Hubo contratiempos, fracasos y dudas, pero perseveró.
Para Marcelino, el sacrificio no era un acto heroico único, sino una ofrenda diaria. Se fue formando a lo largo de muchas horas, de decisiones difíciles, soportando pacíficamente los contratiempos y a través del constante regalo de sí mismo por el bien de los demás.
Constructores de un nuevo Hermitage
Hoy, como Maristas de Champagnat, nos encontramos en otro momento de invitación y desafío. El 23º Capítulo General nos ha llamado a convertirnos en “constructores de un Nuevo Hermitage“, abrazando una conversión de corazón y mente a través de cinco áreas interconectadas: Vocación, Espiritualidad, Comunidad, Liderazgo y Misión.
Estas llamadas son inspiradoras, pero no están exentas de dificultades. Al igual que el propio Hermitage, construido “con las manos desnudas, gran valor y fe inquebrantable”, esta nueva visión solo tomará forma mediante el sacrificio.
Para fomentar una cultura vocacional, se nos pide entregarnos de todo corazón. Esto exige el sacrificio de tiempo, comodidad y enfoque personal para poder acompañar a los demás con paciencia y generosidad.
Para crecer en una espiritualidad viva, se nos invita a ir más allá del individualismo y la rutina. Esto requiere el sacrificio de la superficialidad y la distracción, haciendo espacio para el silencio, el encuentro y la transformación en Cristo.
Para construir una comunidad auténtica, estamos llamados a dejar ir el individualismo y la autorreferencia. Tal comunidad solo es posible cuando sacrificamos preferencias personales, elegimos el perdón y permanecemos abiertos a los demás, especialmente cuando es difícil.
Para abrazar el liderazgo de servicio, debemos alejarnos del control, la dependencia y la complacencia. Esto implica el verdadero sacrificio de poder, certeza y formas familiares de trabajar, para que la responsabilidad y el discernimiento compartidos puedan florecer.
Para renovar nuestra misión, especialmente entre los más pobres y vulnerables, se nos pide dejar atrás viejas costumbres y abrazar nuevos horizontes. Esto exige el sacrificio de la seguridad y la previsibilidad, y el valor para avanzar hacia nuevas y a menudo frágiles fronteras.
En cada una de estas Llamadas, escuchamos una invitación común: soltarse para que nazca algo nuevo. El Nuevo Hermitage no se construirá solo con ideas, sino con vidas entregadas, como la de Marcelino y los primeros Hermanos que se entregaron completamente en su tiempo.
Lo que hizo posible tal sacrificio para San Marcelino fue su inquebrantable confianza en Dios. Creía profundamente que la misión era de Dios y que Dios proveería de lo necesario, a menudo de formas invisibles e inesperadas. Esta confianza no eliminó las dificultades, pero transformó la forma de afrontarlas.
Confianza en María
En el corazón de su fortaleza estaba su profunda confianza en María, a quien llamaba tiernamente la “Buena Madre”. En ella veía un modelo de tranquila, fiel y total entrega de sí misma. El “sí” de María fue un acto de sacrificio, una apertura completa al plan de Dios. Acompañó a Marcelino en sus luchas y sigue siendo una compañera para nosotros hoy en día.
Hoy, la Familia Marista Global se erige como un testimonio viviente de lo que el sacrificio puede lograr cuando se une con la fe. Sin embargo, el reciente Capítulo General nos recuerda que la historia no está completa. Ahora se nos encomienda moldear la próxima era de la vida marista, respondiendo con valentía a las Llamadas que se nos han presentado.
Al acercarnos al 6 de junio, San Marcelino Champagnat nos invita a redescubrir el significado del sacrificio en nuestras propias vidas. No como pérdida, sino como regalo. No como algo extraordinario para unos pocos, sino como una respuesta diaria de amor vivido en momentos ordinarios.
Si queremos construir el Nuevo Hermitage, convertirnos verdaderamente en un “hogar para todos” y un “río de vida”, entonces el sacrificio debe ocupar su lugar preponderante en el corazón de nuestra identidad marista.
Que aprendamos de Marcelino a dar sin contar el esfuerzo, a confiar en la providencia de Dios y a caminar juntos con esperanza. Y que María, nuestra Buena Madre, nos acompañe mientras respondemos con generosidad a esta llamada.
Recordemos con gratitud y celebremos con alegría el regalo de San Marcelino Champagnat a la Iglesia y al mundo este 6 de junio.





