Rafael perdió a su padre muy pequeño, y por eso se disculpa. «Lo mataron cuando era muy chico, y por eso no puedo expresarme bien», les confesó a las doscientas personas, en su mayoría jóvenes, que están reunidas en el salón de usos múltiples de la Universidad Marista de Mérida.
Ante la ausencia de su padre, Rafael, que entonces estaba en segundo de primaria, tuvo que comenzar a trabajar. Sus manos ásperas, resquebrajadas dan cuenta de las décadas que han convivido con el campo, sembrando «lechuga, calabacitas, rábanos…».
Todo lo que sabe, todo lo que es, se lo debe a su madre, asegura, quien, también con sus infinidades de carencias, lo guió por el buen camino. Uno de sus hijos, Julio César, quiso cambiar la espiral de pobreza e ignorancia que durante generaciones ha regido la vida de esta saga de campesinos.
«Voy a estudiar», me anunció un día, recuerda el padre. «Ya no quiero que trabajes tanto en el campo; te quiero ayudar». Y así, Julio César se empeñó en cambiar el rumbo de la familia López Patolzin. Entre las primeras cosas que hizo, fue comprarle un par de zapatos a Rafael.
Esas suelas ya están gastadas; recorrieron kilómetros. Sin embargo, sucumbieron al fin en una visita que su portador y otros cuarenta y dos padres hicieron a Los Pinos. «Ese día llovió», recuerda Rafael, «y los zapatos que me había regalado Julio César se rompieron completamente.
Rafael López Catarino es padre de Julio César López Patolzin, uno de los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa que desaparecieron hace exactamente cinco meses.
El 26 de septiembre del año pasado, «ya estábamos durmiendo, cuando un camioncito de la Normal pasó de casa en casa, pidiendo que nos reuniéramos». Rápidamente, Rafael respondió a la convocatoria y fue. En la escuela les informaron que se había registrado una balacera en Iguala, y que no se sabía nada de los estudiantes.
«Nos pusimos de acuerdo y nos dirigimos a Iguala», relata. «Sin embargo, no nos dejaron avanzar. Nos detuvo la policía, la federal, la estatal de caminos…». Y nadie, además, les decía a ciencia cierta qué había pasado.
En este primer peregrinaje, Rafael y sus acompañantes llegaron al cuartel del Ejército, donde «prácticamente nos sacaron; nos dijeron que no era una caseta de policía, que ellos no eran ministerios públicos».
Al día siguiente, las noticias continuaban siendo confusas. Sin embargo, en el transcurso les dijeron que había un camión en donde se encontraban algunos de los estudiantes. «Corrí a recibir el camión», narra. «Pero, la gente bajaba y no veía a mi hijo. Nada…». La voz que antes era firme, que repetía consignas, se quiebra en este preciso instante. Y después del «nada», nada se escucha en el lugar, sólo el llanto de Rafael.
«Pensé que se había quedado dormido, y subí al camión. Tampoco estaba ahí». Y desde entonces, no se ha cansado en buscarlo. «Sé que está vivo», asegura. Y señala que entre las primeras cosas que hizo fue llamarle a su celular, «que aún da tono…». Aún hoy da tono.
«Me pregunto si siente frío, si comió bien… Si lo están tratando bien», comparte. «Es mi hijo y lo quiero». El padre recuerda cómo lo arropaba cuando Julio César era bebé; cómo incluso lo arrullaba al dormir. No hay falsos sentimentalismos ni teatralidades; lo que se escucha es el testimonio de un padre campesino que extraña a su hijo.
El relato se corta cuando Rafael le da las gracias a los jóvenes por la oportunidad de venir y contarles su historia, de mantener vivo el recuerdo. Específicamente, agradece el boleto de avión por medio del cual él y el alumno de la normal Felipe de Jesús Rodríguez Estrada pudieron venir a Mérida para participar en la Segunda Jornada de Promoción y Protección de los Derechos Humanos.
En la víspera de su llegada a esta ciudad, otra tragedia golpeó a esta familia. La marcha que se realizó en Acapulco para presionar a las autoridades no se saldó únicamente con la muerte del maestro Claudio Castillo; también cuatro profesoras fueron violentadas sexualmente y, hasta el momento, se reportan once desaparecidos…
Uno de ellos es sobrino de Rafael, primo de Julio César. «Quiero mucho a ese muchacho; quería acompañar a mi hermano a buscarlo», señala. «Pero mi hijo, el mayor, me dijo que él iría, que era mejor que yo me viniera a Mérida para que hable con ustedes…». Y ahí está, desgranando su viacrucis, una a una las estaciones dolorosas que ha recorrido.
En una de las primeras reuniones con la autoridad, denuncia, «nos prometieron que iban a mandar a dos mil policías para que nos ayudaron en la búsqueda… Y les creí». La policía llegó, recuerda, pero fueron «antimotines, que nos pegaron».
Al escuchar completo el relato de Rafael se entiende el alcance del grito de guerra de estos peregrinos: «Vivos se los llevaron, vivos los queremos». Él, al igual que los otros padres que comparten su mismo dolor, no creen en la versión oficial, que apunta que los jóvenes ya están muertos. «Julio César está vivo, y yo lo encontraré… ¿Por qué buscan en fosas?».
Testimonio
El alumno Felipe de Jesús Rodríguez Estrada, de la Normal Rural de Ayotzinapa, habla desde la experiencia. Al igual que Rafael, este joven sigue marcando un teléfono celular, el de su sobrino, a la espera que le conteste.
El día de la masacre, su familiar le habló dos veces; la última vez, describiéndole cómo una ráfaga de plomo atravesaba a sus compañeros. «La llamada se cortó, y por más que intenté comunicarme después, ya no me contestó nadie». Nadie.
El discurso de Felipe de Jesús duró, en ocasiones radical; está forjado en las combativas aulas de la escuela de donde proviene, la cual, se dice, es un criadero de guerrilleros. «Nosotros no somos guerrilleros», puntualiza Felipe de Jesús. «Los guerrilleros tienen armas, y las únicas armas que tenemos nosotros son nuestros conocimientos».
El visitante explica que en la Normal Rural de Ayotzinapa sólo pueden estudiar hijos de campesinos; que funciona tipo internado. Ahí comen y duermen. En la entrada de esa institución, describe, hay un letrero que dice: «Bienvenidos a la cuna de la conciencia social».
Felipe acepta que los alumnos de ahí no piden las cosas, las exigen. Que, efectivamente toman camiones, cierran carreteras y saquean transportes de grandes empresas, como la Coca Cola. Sin asomo de intentar justificar esas acciones, señala que el motivo de estas acciones es presionar al gobierno. «Si no hubiera injusticias, no saldríamos a las calles a protestar», condiciona.
Sin embargo, todo lo que le achacan a los alumnos de la Normal Rural las autoridades «y algunos medios de comunicación, como Televisa y TeVe Azteca (…) no es motivo para que nos maten».
Hay fuertes dosis de ideología marxista mezclada con expresiones anarquistas en la intervención de este alumno, que conocía a todos los desaparecidos, que había convivido con ellos. «Además de mis compañeros de los que no tenemos noticias», enfatiza, «hay dos con heridas de bala, uno en una mano y otro en la mandíbula; otro está en estado vegetativo».





