UNIVERSIDAD MARISTA DE MÉRIDA A.C.

Energía eólica: ¿Remedio o consecuencia?

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Miguel Carbajal Rodríguez, director de la Escuela de Recursos Naturales de la Universidad Marista de Mérida, nos comporte estas reflexiones, surgidas a raíz de la mesa panel que se realizó el 18 de marzo en esta casa de estudios.

A principios de marzo, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) autorizó la construcción del primer parque eólico en nuestro Estado. Se trata de una inversión de mil 800 millones de pesos destinada a construir 36 aerogeneradores, gigantes de más de 100 metros de altura que aprovecharán la fuerza de las corrientes de aire y generarán en conjunto 70 mega Watts. El parque ocupará una extensión de casi 1,500 hectáreas en el municipio Dzilam del Bravo.

Es fácil centrar la atención en el debate generado desde los sectores involucrados como el empresarial, el gubernamental, el académico y el conservacionista, cada uno con argumentos a su favor, la mayoría válidos y razonables: la preocupación y las propuestas por minimizar el impacto ambiental en la construcción misma del parque y en la generación de energía eléctrica, la posibilidad de generar empleos, las estrategias estatales y nacionales para poder abatir el cambio climático, las nuevas oportunidades de negocio para inversionistas, los alcances limitados de nuestras leyes ambientales, la falta de tiempo para generar información dura en cuanto al comportamiento de la fauna, la afectación del paisaje, la perturbación al manto freático, la necesidad de invertir más en investigación local para desarrollo de tecnología propia, los grandes beneficios a la atmósfera, entre otros, son temas derivados que no deben de pasar por alto y a los que se les debe dedicar tiempo suficiente para encontrar la mejor manera de conciliar intereses.

Sin embargo, el problema real y de fondo no corresponde a ninguno de los temas anteriores que roban cámaras y micrófonos del interés público. Si bien resulta urgente poder aplicar tecnología más limpia para producir energía, la construcción de un parque eólico es a fin de cuentas una “solución al final de la tubería” de un problema mayúsculo.

Se trata de nuestra insaciable y cada vez mayor necesidad de energía, que se mantiene dentro de una concepción baconiana de crecimiento ilimitado y que es incompatible ya con la capacidad de la naturaleza de ofrecernos los recursos naturales que necesitamos.

Mientras mantengamos la mentalidad de poder crecer y construir de manera irresponsable pensando en que mientras se pague, la energía debe de estar disponible, no bastarán uno o dos o diez parques solares, eólicos o plantas generadoras a base de combustóleo. Si bien las primeras causan mucho menos impacto ambiental en términos de emisiones, tienen otro tipo de impactos por más medidas preventivas que se tomen. De continuar avanzando como hasta ahora, con esta mentalidad irresponsable, serán necesarias decenas de miles de hectáreas para poder instalar todos los parques eólicos o solares que se requieren para soportar nuestra demanda.

Como sociedad y como individuos mantenemos una creciente cultura de consumismo que nos seduce cada vez más. Una cultura que necesita para mantenerse energía en grandes cantidades, ya sea para la batería de nuestro dispositivo, para nuestros aparatos de entretenimiento o para climatizar nuestros espacios cada vez más calurosos.

Por una parte se observan en nuestra ciudad complejos habitacionales para miles de casas que no guardan un respeto mínimo a la naturaleza, enormes superficies deforestadas para construir casas pensadas en ahorros económicos de materiales y mano de obra , micro hornos sentenciados a depender de energía para hacerlos habitables. Por otra parte observamos enormes fraccionamientos de lujo que igual depredan la naturaleza y que ofrecen un confort elitista que también necesitan para funcionar de cantidades significativas de energía, al igual que las enormes torres de departamentos y oficinas y de centros comerciales, muchos de ellos privilegiando la estética y despreciando el cuidado de los recursos, cubos de cristal que una vez en operación serán aspiradoras de energía para hacerlos funcionales. El impacto negativo que tienen en conjunto sobre el clima y la calidad de vida no es para nada despreciable.

Es en el fondo un problema de ética y de justicia distributiva. Cito a María Belén Aliciardi: “Tanto la pobreza como la riqueza desmedidas revierten sus acciones maléficas sobre el hábitat, pues los pobres destruyen la naturaleza para sobrevivir y los ricos para aumentar su opulencia ambiciosa.”

Es un tema de altísima importancia, nuestros hábitos nos hacen consumidores insaciables de energía en un mundo que de acuerdo al último informe de la ONU respecto al cambio climático, ha comenzado a cambiar y seguirá cambiando drásticamente para perjuicio de todos nosotros. Las acciones no pueden seguir siendo de “final de tubería”, deben ser soluciones que vayan a la raíz, que repercutan en políticas y leyes que regulen esta demanda creciente de energía, pero sobre todo deben ser acciones que surjan desde una conciencia personal de justicia distributiva y respeto al único hogar que tenemos.

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