UNIVERSIDAD MARISTA DE MÉRIDA A.C.

Misión ad gentes en Tailandia. Eco de una voz femenina

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Ser misionero es tener un apoyo y una garantía para ser anunciadores del Evangelio de Jesús Cristo a otras culturas, a otros pueblos... Pero ¿como ser un anunciador del Evangelio de Jesucristo frente a la realidad que me rodea, dado que en el continente asiático la población cristiana es sólo del 0,5 al 5 %?
Segundo Galilea, en su libro el Camino de la  Espiritualidad, p. 215-220 (edición portuguesa), se expresa así: “ante todo el misionero debe ser un contemplativo, capaz de transmitir no sólo ideas, discursos y análisis, sino, sobre todo, su experiencia personal de Jesucristo y de los valores de su Reino. En el corazón de las masas marginalizadas, frecuentemente es testigo. Es como una vela que se va consumiendo, comunicando la luz del Evangelio. Cuanto más nos adentramos en la periferia del cristianismo, en “tierra extraña”, más debemos mantenernos unidos a las fuentes contemplativas de la Iglesia. Muchos misioneros generosos naufragaron o perdieron su identidad cristiana, por olvidarse de esto”.
 
Esto me ha hecho reflexionar y pedir la protección de Dios para que no olvide "cuál es mi misión”  en estas tierras y recordar que es por Dios que somos misioneros y es por Él que yo estoy aquí.
 
Alguien definió al misionero como “aquel que actúa como si fuera invisible”. Es aquel que es capaz de seguir adelante, más allá de cualquier dificultad, cualquier frustración, cualquier decepción, porque tiene la fuerza de quien actúa sabiendo que Dios es la causa de su experiencia cristiana. Ésta es la fuente de esperanza misionera. Y esto es lo que estoy haciendo aquí en este momento. Continúo mis estudios de inglés, porque será la base de mi trabajo y voy pensando en cómo organizar y qué hay que organizar, qué tipo de proyecto se puede realizar y/o reelaborar para estas comunidades que ya actúan en misión en estos seis países de Asia en los que estamos presentes.
 
La misión es un llamado, una vocación por la cual Dios nos envía “a los otros” (Gal. 1,15). La llamada misionera es una proyección hacia los demás, un dinamismo para ir siempre “más allá de la frontera”. Este dinamismo se agota, si no se nutre continuamente de la experiencia contemplativa de la oración. El envío misionero no es una condición jurídica, sino el resultado dinámico de un encuentro con Cristo vivo. Puesto que es sólo la fe y la contemplación las que nos ponen cara a cara frente al Dios invisible.
 
Los desafíos de las ciudades de Asia son grandes y piden una nueva presencia misionera en respuesta a los anhelos existenciales y a los gritos de muchos miserables, en todos los segmentos de la sociedad y por eso, exigen de nosotros, nuevas posiciones evangélicas tanto en lo que se refiere al significado de la vida, a la posibilidad de vislumbrar una señal para el futuro, al horizonte de un mayor compromiso con la vida, la evangelización y la justicia, la posibilidad de que sus derechos sean preservados.
 
¡Aquí estoy! Con la certeza de que Dios está conmigo… Él es la luz que ilumina mis pasos, la fortaleza que me sostiene… Y la razón de mi jornada… Por Él acepté esta misión y por Él trato de hacer de las dificultades que aquí encuentro, un nuevo horizonte de vida y de luz.
-Tomado de www.champagnat.org
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