El 20 de octubre de 1899, cinco jóvenes Hermanos Maristas llegaron al puerto de Progreso para iniciar una historia educativa que, 127 años después, continúa transformando vidas y formando generaciones en Yucatán.
Este 20 de octubre conmemoramos 127 años de la llegada de los primeros Hermanos Maristas a Yucatán, un acontecimiento que marcó el inicio de una obra educativa que ha dejado una profunda huella en nuestro estado y que hoy continúa viva en instituciones como la Universidad Marista de Mérida.
Fue el 20 de octubre de 1899 cuando cinco jóvenes hermanos franceses, Armancio, Paxentius, Magno, Tomassi y Ligorio, desembarcaron en el puerto de Progreso después de haber partido de Barcelona, España, el 25 de septiembre de ese mismo año.
Su llegada formó parte de la expansión de la presencia marista en México y respondió también al deseo de familias yucatecas de impulsar una educación católica de calidad en la región. Las gestiones para hacer posible su presencia contaron con la intervención de Francisco Plancarte y Navarrete, obispo de Cuernavaca, quien solicitó formalmente al Superior General de la congregación el envío de los hermanos.
A su llegada a Progreso fueron recibidos por integrantes del Comité Pro Colegio Marista y ese mismo día viajaron en tren hacia Mérida. La Villa Donata, propiedad de la familia Regil Casares y ubicada en Paseo de Montejo, se convirtió en su primer hogar en tierras yucatecas.
Una misión que comenzó a extenderse
Desde aquellos primeros años, los Hermanos Maristas emprendieron una labor educativa que buscó responder a las necesidades de las comunidades en las que se encontraban.
La Escuela San Rafael, en Mérida, fue uno de los primeros espacios confiados a los hermanos. Su labor incluyó también una escuela nocturna dirigida a obreros y adultos. Posteriormente surgieron otras iniciativas, entre ellas escuelas gratuitas destinadas a la atención de niños de escasos recursos.
La presencia marista comenzó además a extenderse más allá de Mérida. Durante los primeros años del siglo XX se desarrollaron obras educativas en Valladolid, Espita, Motul, Maxcanú y Ticul, entre otras localidades, ampliando el alcance de una misión que encontraba en la educación una manera concreta de servir.
Sin embargo, esta primera etapa se vio interrumpida por las circunstancias derivadas de la Revolución Mexicana. En 1914, las disposiciones anticlericales llevaron al cierre de escuelas católicas y los hermanos tuvieron que abandonar sus planteles. Durante 16 años, Yucatán permaneció sin presencia marista oficial.
El regreso de los Maristas a Yucatán
En 1930 comenzó una nueva etapa. Gracias a las gestiones del arzobispo de Yucatán Martín Tritschler y Córdova, los Hermanos Maristas regresaron al estado.
El 13 de enero de 1930 inició formalmente el Colegio Montejo, en la calle 63 del centro de Mérida, con 35 alumnos. El crecimiento de la comunidad educativa condujo posteriormente a nuevos espacios hasta llegar, en la década de 1950, a sus históricas instalaciones en Itzimná.
Décadas después, la obra continuó creciendo. En 1971 se construyó el edificio destinado a secundaria y preparatoria que dio origen al Centro Universitario Montejo (CUM) y, con el paso del tiempo, este impulso educativo encontró una nueva expresión con la fundación de la Universidad Marista de Mérida en septiembre de 1996.
127 años de una historia que continúa
A más de un siglo de aquel desembarco en Progreso, recordar a los primeros cinco hermanos es también reconocer a las generaciones de maristas, educadores, familias, estudiantes y comunidades que han dado continuidad a esta obra.
Mucho ha cambiado desde aquel 20 de octubre de 1899, pero permanece vigente la convicción que dio sentido a su llegada: que la educación puede transformar a las personas y, a través de ellas, contribuir a transformar la sociedad.
Hoy, la Universidad Marista de Mérida forma parte de ese legado. Desde la educación superior, continúa una historia que comenzó con cinco jóvenes hermanos que emprendieron un largo viaje para ponerse al servicio de una comunidad y hacer de la educación su misión.
Celebrar estos 127 años de presencia marista en Yucatán es, por ello, mucho más que recordar una fecha. Es reconocer nuestras raíces, agradecer a quienes construyeron el camino y renovar el compromiso de seguir educando con el espíritu que caracteriza a la misión marista: cercanía, sencillez, espíritu de familia, amor al trabajo y presencia entre los jóvenes.
127 años después, aquella misión que llegó por el puerto de Progreso sigue viva. Su historia continúa escribiéndose cada día, en cada persona que encuentra en la educación marista una oportunidad para crecer, servir y transformar su entorno.





