UNIVERSIDAD MARISTA DE MÉRIDA A.C.

A propósito de las misiones…

Por /
El sábado 9 abril el Diario de Yucatán publicó el siguiente artículo de Tomás Ceballos Millet, alumno de la licenciatura en Administración de nuestra Universidad Marista, quien presenta una reflexión sobre la labor que realizan y el mundo en que viven los miles de jóvenes misioneros laicos que durante la Semana Santa se incorporan a distintas actividades pastorales en la zona rural de Yucatán:
 
El sentido último de la vida


Tomás Ceballos Millet
Cada quien, en su propio juicio, tiene una meta en su vida (eso espero); la mía, por ejemplo, es la tranquilidad. Pensar que cuando las canas abunden en mi cabeza pueda voltear al camino recorrido y decir: “Lo hice bien”; ésa es la tranquilidad que busco.
Llegas tú, supuesto emisario de Cristo, tratando de enseñarle a la gente con menos recursos económicos lo que es ser un buen católico. Sorpresa. No vas a enseñar, compadre, comadre; vas a aprender. La misión puede ser un excelente período vacacional, puede ser un método infalible para conocer gente de tu ámbito. Puede ser muchas cosas, pero lo que debe de ser, lo que realmente debe de ser es lo único que no es.
Llegamos nosotros, gente de la clase media alta, tratando de apagar el ligero pero irreprimible sentimiento de superioridad, sintiéndonos diferentes. Qué bonito es darse cuenta de que la actitud de estas personas te rebajan no sólo a la igualdad, sino, en mi percepción, hasta la inferioridad. Pero en este texto no se trata de ver quién es mejor que quién. Se trata de recapacitación.
Llegas tú a querer pregonar sencillez, jactarte de humilde, cuando pareciera que tu BlackBerry está conectado a tus vías respiratorias, cuando no soportas dormir sin tu aire acondicionado, te desalienta despegarte de tu televisión LCD de 40 pulgadas. Y ellos, la gente del pueblo a la que tú vas a enseñar sencillez, te ofrecen de buena gana sus pulseritas, te invitan a jugar con ellos sin conocerte y te abren las puertas de su hogar, te cuentan sus penas, te abren sus corazones. ¿En dónde está la sencillez?
Me aflige pensar en el materialismo que nos carcome, mientras mis sobrinos se divierten jugando al tenis en el Wii, la gente a la que le vamos a enseñar a vivir se divierte jugando fútbol en la única cancha del único parque del pueblo. Salen a vivir, a divertirse, a caerse, a levantarse. A verter la cuota de sangre que será derramada por todos los hombres para el perdón de los pecados. A ti te duele donar unos centavos en el semáforo de Villas La Hacienda, cuando “tus alumnos”, a pesar de su precaria situación económica, invitan a 11 desconocidos a comer a su casa.
La tranquilidad que menciono al principio de este texto es claramente visible en los ojos de los niños del pueblo. Es una tranquilidad con la que se nace y una vez que se pierde es irrecuperable. Los ojos se me llenan de lágrimas al pensar que la mayoría de estas personas va a perder esta tranquilidad, la tranquilidad a la que yo le pienso dedicar mi vida, ellos la tienen de entrada, pero la sociedad y la pretensión de una “mejor calidad de vida” se las va a arrancar de esos ojitos... poco a poco. ¿Que hay un calor del demonio? ¿Que los mosquitos se dieron un banquete con tu sangre? ¿Que terminas con dolor de espalda por dormir en catre? ¿Que una ojeras monumentales enmarcan tus ojos? ¿Que la comida está fría y la bebida caliente? ¡Despierta! El precio que estás pagando por estas enseñanzas de vida es un regalo. Es un regalo si lo sabes aprovechar. Si decides abrir los ojos.
Existen muchas reflexiones que dicen: Tú, misionero, te regresas a tu casa después de la Semana Santa pero pobres de ellos, que se quedan a vivir así. Hoy, yo te volteo esta reflexión: pobre de ti, misionero, que regresas a un mundo de máscaras, hipocresía y materialismo, y dichosos de ellos que se quedan ahí en un mundo real; difícil, pero real.
Las misiones de Semana Santa, oportunidad para aprender de la vida real
Comparte: