UNIVERSIDAD MARISTA DE MÉRIDA A.C.

Diego Luna y Alejandro Legorreta, en la Marista, este miércoles 8

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Este miércoles 8, a las seis de la tarde, Alejandro Legorreta y Diego Luna presentarán en la Universidad Marista de Mérida el libro «Corrupcionario Mexicano». El evento será en la explanada central. En días pasados, se realizó un registro en línea de quinientos cincuenta lugares. Los que lo realizaron en tiempo y forma recibieron un correo de confirmación, en el que se les pide llegar cuarenta y cinco minutos antes y presentar una identificación con fotografía en el punto de acceso. Los que no lograron ocupar sitio, están invitados igual a la presentación, en los espacios que están fuera del área de sillas. Habrá una pantalla gigante. ¡No te lo pierdas!

El libro
«Corrupcionario Mexicano» es un libro para que riamos pero, sobre todo, para que reflexionemos. Es un compendio de sólo algunos términos o frases que, aunado a ilustraciones de moneros —Cintia Bolio, Rictus, Patricio Monero, Penné y Ricardo Cucamonga— que se han sumado al proyecto, escuchamos en nuestro microuniverso habitual y transforman la obra en una invitación a que seamos el cambio que este país necesita. El libro estará a la venta en el evento y días antes, en la boutique de la universidad.

Los autores
Alejandro Legorreta González es presidente del Consejo de Administración de Sabino Capital, firma de inversión mexicana.
También es fundador y presidente del Instituto VIF, organización cuyo principal objetivo es promover las inversiones en México y acciones que promuevan la responsabilidad social en el país: www.vif.com.mx.
En 2009, cofundó la Fundación Legorreta Hernández, organización que trabaja para acelerar el desarrollo social en México a través de la instrumentación de programas integrales dirigidos principalmente a los niños y jóvenes del país. Alejandro también es integrante del Consejo de Administración de Casa de Bolsa Acciones y Valores Banamex (Accival), una de las principales casas de bolsa en México, de Afore Banamex, el segundo fondo de pensiones más grande del país por tamaño de activos, y sus respectivos comités de inversión.


También pertenece al Patronato de Mexicanos Primero, una organización sin fines de lucro dedicada a mejorar el sistema educativo público del país, y del Instituto Nacional de Cancerología, el principal centro de tratamiento e investigación de cáncer en México. Alejandro forma parte del Consejo Latinoamericano de la Universidad de Georgetown, de la Junta Directiva del International Advisory Board del Consejo de las Américas, del Consejo del IE Business School Fund en Madrid (la tercer mejor escuela de negocios en Europa según el Financial Times) y del G50 Group, un grupo de líderes empresarios que encabezan a algunas de las empresas más importantes de América Latina.

Diego Luna Alexander es un actor mexicano de televisión, teatro y cine. Es hijo del escenógrafo Alejandro Luna y de la fallecida diseñadora de vestuario inglesa Fiona Alexander. Él escribió el prólogo del «Corrupcionario Mexicano», que a continuación transcribimos:

Conocí a Alejandro hace poco y de inmediato hubo una empatía mutua. Comenzamos a platicar sobre México, el lugar donde vivimos y somos padres, y de lo mucho que quisiéramos transformarlo. Al poco rato empezó a contarme sobre el proyecto de Opciona y el Corrupcionario mexicano, y ambas ideas me parecieron oportunas y muy pertinentes.


Hace unas semanas me encomendó la tarea de escribir este prólogo y acepté gustoso. Ha resultado un ejercicio de autocrítica interesante. Es un trabajo muy bien logrado y que trae “jiribilla”. Me reconozco en este libro y no sé si me encanta la idea.
La primera vez que ojeé una maqueta de este trabajo me reí mucho y me encontré disfrutando con la ironía y el sarcasmo de las definiciones de términos y frases que llevo escuchando toda mi vida. Pero ahora que me acerco a este material otra vez, la resonancia y el eco que me deja me producen una frustración y una suerte de desaliento. Esto con-firma el exitoso resultado de este libro.


El humor y la sátira han sido siempre el mejor vehículo para la crítica y la reflexión, como aquellos aforismos dolorosos e ingeniosos que se encuentra uno siempre en el trabajo del maestro Monsiváis, o los cartones penetrantes y puntiagudos de Rocha y Helguera, que decían todo lo que no se podía poner en palabras sobre los lamentables años noventa en nuestro país. Qué decir de Trino y sus Fábulas de Policías y Ladrones. Siempre ha sido efectivo abordar a través de la sátira los temas penosos y bochornosos de nuestra historia. El teatro de carpa es otro buen ejemplo. Siempre la risa como ablandador de carne para que entre el cuchillo.


Hablar de corrupción no es cosa fácil. Es imposible no terminar alarmados y has-ta ofendidos cuando nos damos cuenta de cómo hemos asimilado este concepto; cómo lo hemos hecho parte de nosotros, al punto que cuando hablamos de México, la corrupción parece pieza fundamental para definirnos y entender cómo funcionan las cosas en nuestro país.


Buscando el significado de la palabra “corrupción” en el Diccionario de la Real Academia Española, encontré: “Corrupción: acción y efecto de corromper o corromperse [depravar, echar a perder, sobornar a alguien, pervertir, dañar]”. Siempre me he considerado “pervertible” pero no un pervertidor; sí un poco depravado, quizá, pero eso de hacer daño me preocupa. La palabra proviene del latín y se compone de la combinación de dos pa-labras: “romper” y “corazón”. Poniéndonos románticos, esto resulta muy grave. Reconocer que somos corruptos equivale a aceptar que estamos rotos por dentro y que hay que enmendar nuestro corazón para poder relacionarnos otra vez con el prójimo.


Hace no mucho un amigo decía en una cena: “Ya basta de quejarnos de los políticos y de hablar de ellos como si pertenecieran a otra especie. Hace falta hacer política para cambiarla desde adentro”. Me quedé pensando y creo que tiene toda la razón: hay que involucrarse y ejercer la “ciudadanía”, que a mi forma de entender también es hacer política y es pieza clave para que la cosa funcione.


Pero ¿cómo ejercerla si no estamos dispuestos a medirnos con la misma vara que medimos a la clase política? Coincido con los que dicen que la corrupción es un problema sistémico, un problema deriva-do de las acciones y decisiones diarias de millones de mexicanos. Si bien el presidente Peña se equivocó al llamarlo un problema cultural —grave cosa, porque habría que acabar con nuestra cultura para erradicar el problema—, sí creo que es un asunto de educación y convivencia; la ignorancia y la indiferencia se manifiestan una vez más como las enfermedades sociales más peligrosas que nos aquejan.


Hemos llegado incluso al punto de justificarnos (nosotros que no somos políticos), diciendo que nuestras acciones de corrupción son un acto de venganza y justicia en respuesta a las estructuras corruptas que hoy rigen en nuestro país. Cuántas veces no han escuchado o dicho ustedes mismos: “Yo no pago impuestos, ¿para qué? ¿Para que se los roben?”. Hace falta actuar en nuestro día a día como nos gustaría ver a nuestros políticos trabajando, sólo así sentaremos un precedente y podremos exigir que nuestros representantes lo hagan también.


Leyendo el Corrupcionario entre risas agridulces, me encuentro pensando en esas dos palabras: “corazón” y “romper”. Es hora de empezar esa nueva relación entre nosotros utilizando las herramientas que tenemos para recuperar nuestro país, para reencontrarnos ya con el corazón enmendado y para vivir en una sociedad más incluyente: Una sociedad donde podamos dejar de hablar de respeto y empecemos a hablar de convivencia, donde celebremos al prójimo y su existencia, donde la desigualdad y la impunidad no sean términos que utilicemos todos los días. Hoy debemos comenzar por lo que sí podemos controlar, por lo que está a nuestro alcance (que es mucho). Nuestro ejemplo en casa es vital, así como la solidaridad que mostramos con nuestros compañeros de trabajo, nuestra relación con el vecino y la vecina, cómo manejamos en el tráfico, cómo tratamos a la gente que nos brinda un servicio… En fin, tú me entiendes.


Las palabras y el lenguaje son un reflejo social. Busquemos un reflejo que nos haga sentir más orgullosos. Alejandro y el equipo de Opciona dedicaron meses de trabajo e investigación para entregarnos este libro. Deja que las definiciones y las ilustraciones que encontrarás aquí te hagan reír y, sobre todo, reflexionar, para entonces empezar a actuar. Ojalá nuestros hijos (aunque, siendo realista, serán nuestros nietos) abran el Corrupcionario para ver cómo hablaban sus abuelos en las épocas donde la corrupción se encontraba en todos lados. Ojalá ellos vean esto como parte de un pasado que ya no los represen-ta, un reflejo que ya no es el suyo.

¡Sírvete a disfrutar pues, del Corrupcionario mexicano!

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