Jul 29, 09:06
Etiqueta Negra, leído espacio para los que gustan del buen escribir y el buen pensar, ofrece este breve texto sobre la modernidad:
A la velocidad con que los científicos reinventan el mundo cada día, pronto la industria más activa del planeta será la de los anticuarios. Tenemos que prepararnos para un futuro cercano en el que veamos nuestros primeros teléfonos celulares junto a los clásicos baúles y las escasas sillas estilo Luis XVI. Habrá vitrinas repletas con las primeras versiones del Playstation o el Wii, y no faltará el nostálgico que se tome varios minutos para decidir entre un fonógrafo o un iPod –ni qué decir del MP3 o MP4, que a lo mejor serán objetos de estudio en las escuelas de Arqueología–. Entonces la gente empezará a ver con curiosidad casi antropológica a la clase de sujetos que se mantiene lejos de las tecnologías vigentes. Incluso ahora ya resulta un poco extraño el individuo que usa un celular con menos de quince aplicaciones. El mío es así y apenas uso cinco. No me interesa el Facebook, no tengo cuenta de Twitter y si me pongo a contar, me he saltado por lo menos cinco generaciones de videojuegos. El último dispositivo portátil para escuchar música que tuve, digo, algo propio, fue un radio receptor de dos botones (para encendido y frecuencia) que me compré en la feria de un pueblo que ya no recuerdo. Aunque los he probado, nunca tuve un walkman, ni discman, ni MP3 o MP4 propio y ahora tampoco tengo esos bonitos gadgets con la firma de Steve Jobs. No voy a decir que me gustan las radiolas, mucho menos que soy un pasadista. Pero sí que prefiero los equipos de sonido que inundan una sala con mis ritmos y melodías favoritos en alta fidelidad. Soy salsero, y por eso no entiendo eso de escuchar música a solas porque para bailar salsa se necesitan dos. Ver una pareja que se trenza para un son con audífonos me parecería la escena más triste del mundo. Carezco del menor apego a los pasatiempos de la sociedad virtual: no me gusta que todos vean mis fotos personales ni me desespero por lanzar mensajes públicos sobre dónde estoy parado en este preciso momento. Antes que una consola para juegos en tercera dimensión, me compraría una cámara ultra sensible que me permita captar lo que mis ojos no ven. Antes que un lector de libros electrónicos, me compraría un televisor de esos que provoca colgar como un cuadro en la pared. Entiendo que hay por allí unos cuantos sujetos así, gente que prefiere lo realmente útil antes que lo sofisticado. Tiempo atrás reclamé por correo electrónico a un amigo, un destacado pintor peruano, lo difícil que resultaba ubicarlo. Incluso le hice una broma sobre su renuencia a las veleidades burguesas. Al instante recibí una lacónica frase de respuesta: «Me rendí. Mi cel es el…». Yo compré mi primera laptop sólo cuando fue estrictamente necesario, hace menos de un año. Pero no siento que me haya rendido. Más bien que he ejercido mi libre albedrío. He mantenido la gracia de ser melómano, cinéfilo y simpatizante de la ciencia ficción sin tragarme al instante los trofeos que la tecnología –su prima pragmática– va poniendo ante nuestros ojos. Quizá esto empiece a ser un arte tan sofisticado como el dominio de las lenguas muertas. Quizá un día no muy lejano se abran cursos de sociología para estudiar cómo es la vida con menos de tres aparatos electrónicos. Por ahora es un limbo agradable.


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