Manuel Franco Jáuregui "Chiquilín"
Manuel Franco Jáuregui “Chiquilín”
 
 
   El Hermano Marista Manuel Franco Jáuregui dirigió seis años el Centro Universitario Montejo de Mérida, Yucatán. De 1990 a 1996.
 
    “Chiquilín” llegó cuando tenía 36 años de edad. Nació el 3 de mayo de 1954 en Pegueros, localidad de unos cuatro mil habitantes del municipio de Tepatitlán, Jalisco. Es uno de los ocho hijos de doña María Soledad Jáuregui (q.e.p.d.) y don Manuel Franco Jiménez. Carmela, Evangelina, Rebeca, Antonio, Carlos, David y Efraín… completan su familia.
 
    Cursó la primaria en la escuela “Anacleto González Flores” de Pegueros, la secundaria en la Casa de Formación de los Hermanos Maristas y el bachillerato en la prepa “José Guadalupe Zuno” de Guadalajara. Es Maestro en Educación Primaria por la Normal Queretana y en 1988 obtiene la Licenciatura en Pedagogía en la Normal Superior Nueva Galicia de Guadalajara.
  
    A los 19 años de edad, en 1973, ingresa al Noviciado Marista. Un año después hace su primera profesión de votos y en 1978 los votos perpetuos.
   
    Yucatán está en deuda con este Hermano Marista porque dejó honda huella en miles de jóvenes egresados de la secundaria y la preparatoria del CUM y porque hoy sigue marcando rumbos al permanecer cerca, muy cerca, de la Universidad Marista que ideó, organizó y echó andar. Su ausencia física el primer día de clases, el dos de septiembre
de 1996, resulta simplemente anecdótica.
  
    Como otros muchos maristas que han cumplido y cumplen hoy generosa y ejemplarmente su misión educativa en una historia diaria que ya rebasa los cien años en Yucatán, “Chiquilín” es un maestro que se propone ser amigo de los alumnos, y un colaborador más en las actividades deportivas, pastorales, culturales, familiares y sociales que siempre acompañan al modelo de enseñanza de san Marcelino Champagnat.
   
   Esa cercana compañía, esa sencillez y generosidad y un inagotable esfuerzo por poner a Jesús como eje de la vida diaria y a la Buena Madre como la mejor aliada de los jóvenes y sus familias se combinan en la agenda de “Chiquilín” con la visión que tiene sobre los grandes retos de la vida y la empatía que logra con jóvenes y adultos para, desde ahí, pregonar la importancia de la solidaridad y la búsqueda de la verdad y la justicia.
   
    Alegre, capaz, activo casi las 24 horas del día, congruente como pocos, emprendedor, visionario… Marista ciento por ciento son las palabras que ayudan a entender por qué hoy la Universidad que él tanto ayudó a formar le rinde homenaje con este libro.
   
    Convencido de su vocación de constructor de cuerpos y almas, de Fe y razón, durante su gestión de apenas seis años en la Dirección General del CUM puso todo su empeño en fortalecer las herramientas que hay en el campo académico, pastoral, deportivo, cultural… Sus mejores aliados siempre fueron sus maestros, los padres de familia y muchos egresados maristas. Con ellos ayudó a revivir simpatías pero también compromisos.
   
   
   Así, lo mismo se preocupó por estar cerca de las selecciones deportivas que de rescatar de las ruinas que dejó el ciclón Gilberto la casa de retiros de Chelem (Villamar); de edificar el auditorio Marcelino Champagnat, que “ganar la calle” para la obra marista al conseguir que una avenida de Mérida lleve el nombre del santo educador e incluso se erigiera un monumento para recordar su obra.
   
    Un rato animaba y formaba parte de coros, rondallas y obras de teatro, y otro rato impulsaba dinámicas religiosas para acercar a los jóvenes o bien alentaba la organización de concursos escolares y convivencias locales y nacionales.
   
    … Pero sin duda su principal obra en Yucatán fue ser el visionario que logró armar una estructura mixta (religiosos y laicos) de promoción y mando que cristalizó en todo el andamiaje que le da vida a la Universidad Marista de Mérida... Una universidad diferente, pedía y exige, comprometida lo mismo con enseñar teorías que un pensamiento crítico para así estar todos los días en búsqueda de la verdad y la justicia.
  
    Lo que en 1992 parecía un sueño él se empeñó en hacerlo realidad. Cuando alguien del equipo promotor flaqueaba o abandonaba el proyecto, allá estaba “Chiquilín” para retomar el rumbo…. Y cuando comenzaron a aflorar obstáculos reales y artificiales, inconcebibles algunos y esperados los otros, ahí seguía firme dando el ejemplo, clarificando las ideas y metas y pidiendo Fe y confianza… “Esta es una obra de Dios y ésas nunca fallan”, decía en voz baja y también en voz alta.       
 
    Hoy la Universidad Marista de Mérida cumple quince años y tiene a Manuel Franco Jáuregui como pieza clave en su Asamblea de Asociados, pero más importante que eso resulta encontrar su huella bien marcada en los documentos fundamentales de una casa de estudios que comenzó en salones prestados y con apenas 180 alumnos y hoy tiene un moderno campus con dos mil alumnos y más de quinientos maestros.
 
    … Todos tratando de hacer realidad lo que motivó que un sueño marista pueda ser algún día una realidad, no produciendo egresados sino buenos cristianos y mejores ciudadanos.
 
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